“Mi mamá siempre decía que la gente común es la más especial del mundo. Y por eso Dios creó a tantos”.

— Michael Scott (The Office, temporada 5, episodio 21)


A decir verdad, no todos somos especiales. De hecho, la gran mayoría somos más comunes de lo que imaginamos, y no lo digo en un mal sentido. Las personas suelen confundir mis palabras con una postura negativa, quizá por la connotación realista y cínica con la que escribo, pero soy un fiel creyente de que uno puede entender dos posturas distintas, reconocer lo que hay de cierto en ambas y aprender a convivir con ellas.

Lo común es un motivo para celebrar, al menos en mi opinión. Hay una belleza enorme en lo constante, en lo sustentable, en lo cotidiano; en todo aquello que damos por sentado hasta que deja de estar ahí. Por eso comparto la idea del cómico personaje de The Office, independientemente de cualquier postura religiosa. Me parece increíblemente acertado pensar que somos tan especiales que por eso hay tantos de nosotros.

A una escala macro, el público general mueve economías, crea prosperidad y, en conjunto, genera la resiliencia que necesitamos para sobrevivir. Eso me parece bastante poético. Sin embargo, a esa misma escala también cometemos errores enormes y podemos ser manipulados con relativa facilidad por quienes tienen más poder o entienden mejor cómo funciona el sistema.

A una escala micro, en cambio, somos personas con historias propias que, en algún momento, terminan cruzándose con las de los demás. No sé si esto tenga mucho sentido, pero pienso en esas ocasiones en las que vemos algo en redes sociales que se parece tanto a una experiencia nuestra que nos resulta increíble descubrir que otras personas han vivido algo prácticamente igual. Cada quien tiene una historia distinta, pero muchas de nuestras experiencias se parecen más de lo que creemos.

Todos somos, en cierta medida, producto del mundo que nos rodea y de las circunstancias en las que nos desarrollamos. Estamos influenciados por nuestra familia, nuestra educación, nuestra cultura y las oportunidades que tenemos a nuestro alcance. Y eso no tiene nada de malo. Simplemente es parte de la realidad.

Si todos estuviéramos destinados a ser diferentes y especiales en el sentido extraordinario que solemos darle a esas palabras, el mundo estaría plagado de historias de éxito y prosperidad económica. Pero no es así. La mayoría llevamos vidas bastante ordinarias, con problemas que se repiten de una persona a otra y objetivos que, aunque parecen personales, muchas veces son compartidos por millones.

Podemos tener distintas opiniones sobre lo que significa el éxito, y probablemente nunca lleguemos a una definición que nos deje satisfechos a todos. Sin embargo, este espacio está dedicado a algo mucho más concreto: el desarrollo económico de las personas.

Mi nombre es Carlos, tengo 31 años y actualmente soy cofundador de un bar de coctelería llamado The Wicked Cocktail Room, en Uruapan, Michoacán. También trabajo en una tienda de autopartes usadas y, desde los 12 años, me ha fascinado descubrir cómo funciona el mundo.

Esa curiosidad me ha llevado a interesarme por temas que, a primera vista, quizá no parecen tener mucho en común, pero que terminan conectándose de maneras bastante interesantes. Con el tiempo, fui desarrollando una perspectiva que considero relativamente común sobre temas que no necesariamente lo son. Esto me llevó a comprender con mayor profundidad el sistema económico que rige buena parte de nuestras vidas y las decisiones que tomamos dentro de él.

A lo largo de ese camino también he cometido errores, incluso cuando sabía que estaba cometiéndolos. Uno de ellos ha sido endeudarme.

Pero no me he endeudado únicamente por consumir cosas que no necesito. También he asumido deudas al intentar construir un futuro más próspero, uno que, en buena medida, he tenido que buscar por mi cuenta después de decidir no estudiar una carrera universitaria. Eso no significa que todas mis decisiones hayan sido correctas ni que endeudarse para emprender sea necesariamente una buena idea. Significa que he tomado riesgos, algunos de los cuales todavía estoy intentando resolver.

No me gusta demasiado la palabra emprendedor. Siento que muchas veces se utiliza para describir cualquier intento de hacer dinero por cuenta propia, cuando para mí debería representar algo más. Pienso en personas que abren caminos, crean oportunidades o construyen algo que termina beneficiando también a los demás. Yo me considero, más bien, el dueño de un pequeño negocio. Una gota de agua en un mar inmenso, insignificante a gran escala y quizá un poco peculiar cuando se observa de cerca.

Como te habrás dado cuenta, suelo moverme entre esas dos escalas: la macro y la micro. Me interesa entender cómo funcionan los sistemas completos, pero también cómo terminan afectando la vida de una sola persona. Creo que observar ambas perspectivas nos permite comprender mejor lo que sucede a nuestro alrededor y, sobre todo, tomar decisiones con mayor criterio. De eso tratará buena parte de lo que hablemos aquí.

Con este proyecto pretendo compartir lo poco que he aprendido sobre economía, finanzas e inversión, mientras sigo lidiando con mis propios problemas financieros. No quiero hablar desde la posición de alguien que ya resolvió su vida y ahora viene a explicarles a los demás cómo hacerlo. Quiero hablar desde el lugar en el que realmente estoy.

Mi deuda quizá no parezca demasiado para algunas personas. Incluso a mí, cuando veo los números, a veces me parece una cantidad manejable. Pero hay otra forma de entender lo que debo: considerar todo aquello que quiero lograr y que, por distintas razones, todavía no he podido conseguir.

Quiero arreglar la casa de mis padres, independizarme, tener un medio de transporte digno y atender mis problemas de salud. Quiero encontrar una fuente de ingresos confiable que me permita vivir con mayor tranquilidad. Quiero tener la capacidad de cuidar de mis padres y, al mismo tiempo, darles la oportunidad de disfrutar de ciertos lujos que quizá no siempre estuvieron a su alcance. Y, por encima de todo, quiero tener dinero ahorrado e invertido.

He calculado que necesitaría alrededor de 200,000 dólares para alcanzar todos esos objetivos. También es habitual que me mueva entre pesos mexicanos y dólares, dependiendo de lo que esté analizando o de lo que pretenda conseguir.

Visto desde una escala global, esa cantidad no es extraordinaria. Sin embargo, me cuesta aceptar que, a mis 31 años, todavía esté tan lejos de conseguirla. Sé que compararse con los demás puede ser un ejercicio inútil, pero sería deshonesto decir que no me afecta pensar en todo lo que me falta por construir.

Y aquí es donde entra una de las cosas que más me interesa explorar en este espacio: la transparencia cuando hablamos de dinero.

Me preocupa la idea de exponer mis propias finanzas, mis errores y mis limitaciones. No porque crea que deba ocultarlos, sino porque hacerlo implica reconocer cosas que quizá preferiría no ver. Aun así, creo firmemente que hablar con transparencia sobre nuestros problemas económicos puede ayudarnos a entenderlos mejor y encontrar formas de resolverlos.

Algo que echo de menos en nuestras comunidades latinoamericanas es la disposición a hablar con claridad sobre el dinero. No me refiero solamente a decir cuánto ganamos o cuánto debemos, sino a explicar cómo llegamos a esas situaciones, qué decisiones tomamos y qué consecuencias tuvieron.

No estoy convencido de que el problema sea únicamente el tabú que existe alrededor del dinero. Creo que también tiene mucho que ver con la ansiedad que nos provocan los números. Las matemáticas pueden parecer intimidantes, y poner nuestras finanzas sobre la mesa, con cantidades concretas, puede ser bastante aterrador.

Ver con exactitud cuánto nos falta, reconocer lo que no podemos permitirnos y entender lo difícil que puede ser alcanzar nuestros objetivos no es precisamente una experiencia agradable. A veces resulta desalentadora. Pero también pienso que reconocer nuestra situación real es el primer paso para construir un plan que tenga sentido.

No podemos corregir aquello que preferimos ignorar.

Aquí hablaremos de inversión, aunque no necesariamente de la manera en que suele presentarse en internet. Me interesa simplificar los conceptos sin perder de vista la complejidad de los problemas que intentamos resolver. Quiero entender cómo funciona invertir, qué podemos esperar realmente de ello y por qué resulta tan importante para quienes no nacimos con un patrimonio que nos permita vivir de él.

Invertir no es una solución mágica ni garantiza que alguien vaya a prosperar. Para muchas personas, conseguir el dinero suficiente para comenzar ya representa un obstáculo enorme. Sin embargo, considero que es una de las herramientas más importantes que tenemos las personas comunes para construir patrimonio y participar en el crecimiento económico, en lugar de depender exclusivamente de nuestro trabajo.

Me interesa hablar de todo esto sin fingir que tengo todas las respuestas, porque no las tengo. Todavía estoy aprendiendo, todavía cometo errores y todavía tengo mucho que resolver. Quizá esa sea precisamente una de las razones por las que quiero hacer este proyecto.

Hace tiempo empecé a pensar en todo esto, pero sigo batallando con la manera adecuada de darle inicio. He pasado demasiado tiempo intentando encontrar la forma correcta de presentar las ideas, ordenar los temas y definir exactamente qué quiero hacer con ellas.

Y creo que, al final, la única forma de empezar es esta: derramar mis palabras.

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